Exposició: “Jusep Torres Campalans” de Max Aub

9 01 2012

  Historia de un libro extraordinario que casi dejó de serlo (1958-2011)

Exposición de las diferentes ediciones de éste libro en la Vitrina de la Biblioteca de Belles Arts.

A cargo  del profesor Chema de Luelmo y con apoyo del Vice-Decanato de Cultura de la Facultad.

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¿Quién fue Jusep Torres Campalans?

  El día 2 de julio de 1958 se abría al público en las Galerías Excelsior de México D.F. una muestra de óleos, acuarelas y dibujos del artista Jusep Torres Campalans, fallecido poco antes. Completa e injustamente olvidado, el pintor catalán aparecía a la luz de aquel conjunto de obras como el eslabón perdido en la historia del cubismo, como alguien que con su intuición y su proteica sencillez habría sentado las bases de un movimiento capital en la Modernidad. Max Aub decía haber dado con él por pura casualidad en una visita a Chiapas, donde se exiliara huyendo del faranduleo artístico y de la primera contienda mundial, y tirando del hilo de un par de charlas habría ido trazando el complejo perfil del personaje y reuniendo el conjunto de materiales que integraban la muestra –muestra que, convenientemente ampliada, sería exhibida en Nueva York poco después– y el catálogo correspondiente.

La tirada de 2000 ejemplares se agotó al mismo ritmo con el que lo hicieron las obras a la venta, sin duda porque era una filigrana editorial cuidada hasta el más mínimo detalle: cronología histórica entre 1886 y 1914, pormenorizada biografía del artista ilustrada con fotografías –incluyendo dos de sus padres, campesinos leridanos, y una con Picasso, de quien era amigo desde su etapa barcelonesa–, testimonios de conocidos y juicios de especialistas, aparato referencial al término de cada capítulo, exhaustiva transcripción de las conversaciones chiapanecas (Conversaciones de San Cristóbal) e incluso un conjunto de jugosas reflexiones sobre arte a la manera de Braque (Cuaderno Verde). El texto se acompañaba de casi un centenar de reproducciones que trascendía con mucho el total de obras en exposición y daba cuenta del cariz visionario y de la radicalidad del artista.

Como era de esperar, la crítica no tardaría en rendirse ante una figura excepcional y sus antiguos compañeros de fatigas en rememorar sus andanzas –con especial énfasis en el caso del muralista Siqueiros, quien afirmaba haberlo “tratado íntimamente” en sus años en París–, circunstancia tanto más sorprendente por cuanto desde un principio se intuía lo que luego se confirmaría como cierto, a saber, que todo era rigurosamente incierto, y que Jusep Torres Campalans, aquel inopinado pionero de la contemporaneidad, nunca había existido. Max Aub, en efecto, había sido el autor de tan descomunal engañifa desde la idea primera hasta los últimos cuadros, de modo que a su calidad el catálogo sumaba el hecho de investirse con los atributos de una obra de vanguardia, toda vez que recogía la tradición burlesca del dadaísmo o del surrealismo bajo una forma ciertamente más depurada que dejaba al descubierto las vergüenzas de la llamada alta cultura, y además con sus propias armas.

.Sobre las 15 ediciones de Jusep Torres Campalans

  La historia de las ediciones de Jusep Torres Campalans es, en buena medida, la historia de una erosión, de un desdibujamiento. Al menos esa es la impresión que da al consultarlas una tras otra y reparar en la progresiva desvirtuación de las cualidades de la primera edición (Tezontle, 1958), cualidades que, lejos de ser gratuitas, estarían al servicio de una consideración del libro como obra de arte en sí misma, y ello en tres sentidos:

 –Como réplica de los mejores catálogos de arte, si tomamos en cuenta que, para amueblar la superchería en torno a la existencia del tal Jusep Torres Campalans, Aub concibió un libro-catálogo cuyo modelo eran las publicaciones del sello editorial Skira, máxima referencia por aquel entonces en términos de calidad.

 –Como un retrato moderno del artista moderno que renuncia a los recursos convencionales e incorpora materiales de distinta índole –declaraciones, anotaciones, cuadernos de trabajo, imágenes personales, testimonios personales y ajenos, etc.– bajo la forma de una especie de collage cubista.

 –Como libro de artista por partida doble, pues, mediante un magistral giro paradójico, Aub confecciona un libro de artista (él mismo) que a su vez imita un libro sobre artista (Campalans), borrando los límites entre lo literario y lo historiográfico, lo propio y lo ajeno, arte y documento.

 Si la meticulosa articulación de imagen y texto o la sofisticación de los recursos editoriales son, por tanto, rasgos identitarios de Jusep Torres Campalans y no mero ornamento, entonces toda edición posterior debiera haberlos respetado en mayor o menor grado. Sin embargo, que esto no ha sido así salta la vista al comprobar cómo tras las tiradas francesa (Gallimard, 1961) y estadounidense (Doubleday, 1962) –ciertamente divergentes con respecto al original pero aún al cuidado del propio Aub–, todas y cada una de las ediciones posteriores, ya sean italianas, alemanas, austriacas, mexicanas, cubanas o españolas, han venido obviando la integridad de la obra mediante la supresión del color, la reducción del número de imágenes, el descuido en la maquetación o la modificación del formato, al punto de hacer de ella una novela monda y lironda, un libro como cualquier otro.

 La peripecia del Jusep Torres Campalans trae a la mente aquello de que la obra de arte, en la época de su reproductibilidad técnica, lleva todas las de perder, sobre todo cuando hay quien sigue viendo en los libros bienes de consumo y poco más: de ahí que sea útil lanzar una mirada retrospectiva a la maravillosa invención de Max Aub, a ese artefacto en sentido estricto.


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